Hoy he escuchado conversaciones ajenas en un bar; he compartido la añoranza en silencio y he ahogado la pena en un café.
—Ya llevo seis años viviendo aquí..., es increíble cómo pasa el tiempo.
La chica con la que hablaba sonrió compadeciéndose de él.
Ella tenía suerte; se había mudado hacía solo seis meses.
No me molesto si quiera en levantar la mirada de mis manos frías y cortadas; conozco a la perfección los ojos cansados y las cejas caídas que se le quedan a uno al pronunciar esas palabras. Conozco la aflicción del alma: cómo el cuerpo parece comprimirse hasta ahogar los pulmones y asfixiar el corazón.
Yo llevo diecisiete años viviendo así.
—La cosa allá está muy mal.
La chica intenta justificar la huida, calmar el dolor.
Aún no sabe que no existe cura para la añoranza.
Me resulta gracioso cómo llamamos al problema: "la cosa".
Podríamos decirle "la corrupción", "la crisis", "la violencia", "el miedo", "le infección", "la muerte". Pero decidimos llamarlo "la cosa"; parece que da menos miedo; parece que nos aleja más de "la cosa".
—Sí, pero parece que ahora mejora.
Hace diecisiete años que "la cosa" no mejora.
—Ajá.
Todos sabemos que "la cosa" está enferma; no mejora.
Pero rezamos para que sobreviva.
● ● ●
Me duele tu sufrimiento;
me desgarra tu agonía, tu miedo.
Lloro por ti,
por las lágrimas que no puedes derramar
y por la sangre que derraman sobre ti.
Sufro por tu belleza destrozada,
por la violación de tu pureza
y la mutilación de tu alma.
Rezo por tu mirada,
por la fuerza de tu pueblo
y su esperanza.
Rezo por que no caigas.
Sueño con el regreso,
con volver a ver tus maravillas.
Con el paraíso de tu cuerpo.
Deseo verte de nuevo.
Te necesito,
ahora y siempre.
Me dueles dentro.
Te quiero y te extraño.
Todo esto,
desde
hace
diecisiete
años.